miércoles, 17 de diciembre de 2008

SYDNEY

Aterrizamos en Sydney a primera hora de la mañana después de tres horas de vuelo y pocas horas de sueño. Estaba nublado. Hacía calor pero no se veía el sol por ningún lado. Habíamos optado por un hotel bastante céntrico y tras descargar el equipaje en él nos fuimos a conocer la ciudad. Obviamente el objetivo número uno era el icono, el lugar mas conocido de Sydney y uno de los edificios mas emblemáticos del mundo, el Sydney Opera House. Es una bonita ciudad, calles bien trazadas, amplios paseos, parques inmensos con cartelitos que invitan a los visitantes a caminar por la hierba o tumbarse en ella, ni un papel por el suelo... Vamos, que da gusto pasear por ella... y con la misma sensación de estar viendo mas de lo mismo si no fuera por la ópera, el harbour bridge y esa espléndida bahía en torno a la cual está levantada la ciudad. Porque los rascacielos, parques, avenidas y puertos de la ciudad son tan parecidos a los que hay en otras ciudades de otros paises que están en ese u otros continentes, que al final hacen que uno no sepa muy bien dónde está. Los paisajes, gentes, climas, olores, sabores... marcan diferencias entre los continentes y entre los paises. Las ciudades no, al menos las modernas. Son todas demasiado parecidas entre sí. O igual es que todas intentan parecerse a Nueva York... ¡Quién sabe!

Sin embargo no quiere esto decir que no valga la pena conocerla. Y conocer sus orígenes. Sydney surgió como prisión británica, una carcel situada al otro lado del mundo. Y parte de su trama urbana, que se mantiene en la actualidad, fue diseñada por un arquitecto que era inquilino de esa prisión. Ahora es una ciudad elegante, cosmopolita y dinámica y su pasado carcelario apenas es un recuerdo plasmado en algunos pocos edificios restaurados diseminados por la ciudad. Iniciamos nuestro paseo por lo que nos quedaba mas cerca del hotel, el jardín botánico. Situado junto a la bahía en la zona conocida como "The Domain" estos inmensos jardines incluyen el antiguo palacio del gobernador, que ahora se utiliza para recepciones oficiales, y un tremendamente cursi conservatorio de música. Sin embargo los pasos te llevan inevitablemente al edificio que está situado en el extremo del mismo, la Ópera. Diseñado por un arquitecto danés llamado Jorn Utzon, que se acabó desligando del proyecto por discrepaancias con las autoridades, e inaugurado tras catorce años de obras es sin duda el edificio mas impresionante de la ciudad, lo que la diferencia del resto y por ello imprescindible en cualquier visita a Sydney. Tengo que reconocerlo, me gustó mucho. Ya me gustaba cuando sólo lo había visto en fotos o películas. Estando allí me impresionó. Además el tiempo se despejó y las baldosas blancas que recubren el edificio al reflejar la luz del sol le daban un aspecto aun mas deslumbrante y esto nunca mejor dicho.

Optamos por comer en la zona llamada "The Rocks", al otro extremo de Circular Quay, un antiguo barrio portuario cuyos edificios han sido restaurados y en la que abundan ahora los restaurantes, tiendas y bares; y después continuamos nuestro recorrido por la zona dirigiéndonos hacia el otro gran icono de la ciudad, el inmenso puente de acero inaugurado en 1932 que atraviesa la bahía comunicando el norte y el sur de Sydney. Existe la posibilidad de caminar por la estructura de acero hasta lo mas alto del arco en una bastante cara excursión. Nosotros nos decantamos por otra opción, bastante mas económica, subir los aproximadamente doscientos escalones que hay en el pilar sudeste, el mas próximo a "The Rocks", hasta el mirador que hay en lo mas alto del mismo. No hay gran diferencia de altura con respecto al arco y las vistas son igualmente espectaculares. Imagino que el subidon de adrenalina de los que suben por el arco será bastante mayor pero si sólo quieres ver las vistas creo que es suficiente con el mirador que hay en el pilar. Es interesante también dedicar un rato al pequeño museo que hay en su interior. Está dedicado a la historia del puente y las fotografías y el documental que proyectan están francamente bien. Eso sí, como casi todo en esta parte del mundo cierra a las cinco.

Continuamos el paseo por el centro de Sydney caminando hasta Darling Harbour, otra zona de muelles restaurada y copada ahora por restaurantes, bares de copas, tiendas y centros comerciales para terminar volviendo al hotel para descansar un rato antes de cenar y, en mi caso, preparar la mochila con lo que me iba a llevar al día siguiente a Uluru. Para la vuelta dejaba otra de las cosas que es recomendable hacer en Sydney, darte un paseo en barco por la bahía. Al igual que en Auckland hay infinidad de posibilidades para hacer cruceros por la bahía de Sydney, al amanecer, atardecer, con cena... Además de que no me iba a sobrar el tiempo, condicionado por los horarios de los vuelos, tampoco tenía muchas ganas de un crucero comentado o algo similar, así que opté por otra alternativa, bastante mas barata pero igualmente válida porque puedes ver prácticamente las mismas vistas, que es tomar el ferry a Manly (aprox. 1 h. i/v) desde Circular Quay. 

Lo hice según me bajé del avión que me traía de regreso de Uluru así que tuve mi propio atardecer en la bahía, un tanto deslucido porque había bastantes nubes pero igualmente interesante. Para la mañana de mi regreso dejé otro pequeño paseo, consistente en tomar otro ferry desde el mismo sitio para cruzar al otro lado de la bahía, a Milsons Point, y dar una vuelta por los muelles viendo otra panorámica de la ciudad, apenas unas horas antes de ir al aeropuerto para tomar el vuelo de regreso a casa y dar por finalizadas cuatro semanas de viaje por las antípodas.

domingo, 7 de diciembre de 2008

CHRISTCHURCH

Aterrizamos en Christchurch a primera hora de la mañana de un día nublado y con previsiones meteorológicas desfavorables, sobretodo para el día siguiente. Era nuestra última parada antes de finalizar nuestro viaje por Nueva Zelanda y teníamos previsto pasar un par de días por esta zona antes de abandonar el país. Al igual que en otras ocasiones teníamos varias alternativas pensadas para ocupar los dos días que íbamos a estar por aquí y decantarnos por una u otra iba a depender fundamentalmente del tiempo. Dado que aquí, como ya os he dicho otras veces, el clima va por barrios es fundamental estar en uno en el que no esté lloviendo, si es que lo hay.

Entre las opciones que teníamos la primera era alquilar un coche e ir hasta Kaikoura (mas de dos horas de ruta) para embarcar y ver, con algo de suerte, alguna ballena (cachalotes) y delfines. El problema es que si hace malo los barcos no salen por lo que interesa enterarse de cómo está el tiempo antes de recorrer los aproximadamente 180 kilómetros que hay hasta allí. En el mismo aeropuerto nos hicieron la gestión y nos informaron que, en principio, los barcos saldrían ese día y como la previsión era que empeorase decidimos no dejarlo pasar, así que alquilamos un coche y nos fuimos directamente hasta allí, dejando el turismo por la ciudad para después. La ruta por carretera es francamente bonita. La vía discurre por el interior buena parte del tiempo entre ríos y montes cubiertos de arbustos y con los Alpes neozelandeses de fondo hasta que, tras atravesar un puerto por una carretera demencial, la ruta pasa a ir paralela a una costa en la que a pocos metros de la orilla nadan y saltan los delfines.

Llegamos a Kaikoura una hora antes de la salida del barco. Para hacer tiempo opté por coger la cámara e irme a la orilla de la playa para ver cómo un grupo de delfines se recorría la costa a lo largo de la rompiente buscando su almuerzo. Dado que el día no era muy bueno precisamente y, además, se estaba levantando bastante viento no confirmaron la salida del barco hasta unos minutos antes de la hora programada, momento en el que nos montaron a todos en un autobús y tras un recorrido de unos diez minutos, nos dejaron en el muelle para embarcar en un moderno catamarán desde el que intentaríamos avistar algún cachalote.

Vimos dos o mas posiblemente vimos al mismo dos veces, porque una vez revisadas las fotos estoy casi seguro que era el mismo. Entre un avistaje y otro pasó en torno a los tres cuartos de hora así que es muy posible. De todas formas me da igual, sigue siendo un espectáculo magnífico. Sin embargo... a estas alturas he estado metido en una jaula alrededor de la cual nadaban varios tiburones blancos en Sudáfrica, he visto ballenas en Argentina y Sudáfrica (y ahora en Nueva Zelanda)... y mis favoritos siguen siendo los delfines (a lo mejor el día que consiga ver una manada de orcas cambio de opinión pero hasta entonces...). 

Porque entre cachalote y cachalote vimos durante un buen rato a un grupo de delfines que nadaban, saltaban y echaban carreras a nuestro barco y para mi ese fue con diferencia el mejor momento de toda la excursión. O el que mas me hizo sonreir, por expresarlo de otra forma. La mayoría de los pasajeros se agolpaba en la borda al ver el cachalote. Para mi era algo poco novedoso así que me despreocupé de la cámara y me dediqué simplemente a observarlo pero con los delfines ya fue otra cosa. A mi me compensaron los casi 400 km que tuvimos que recorrer ese día, me alegraron el día. No lo puedo evitar, me resultan entrañables. Total, que después del madrugón para el avión, el vuelo (bastante malo, se movió muchísimo) y las mas de dos horas de coche se me pasó el cansancio de golpe gracias a un simpático grupo de delfines.

 Llegamos a Christchurch a media tarde y tras instalarnos en el motel fuimos a dar una vuelta por el centro mientras buscábamos algún sitio para cenar. A la mañana siguiente amaneció lloviendo. De todos los días que pasamos en la isla sur éste fue el peor, junto con la segunda tarde que pasamos en Te Anau. Al menos hasta el mediodía, cuando mejoró. De todas las ciudades que he conocido en Nueva Zelanda Christchurch es mi favorita. Es la mas grande de la isla sur y también la mas bonita. De estilo muy inglés, por describirla de alguna forma, está atravesada por el río Avon por cuyas márgenes hay un paseo en torno al cual se suceden los antiguos edificios coloniales entre jardines y parques y que es muy recomendable recorrer. Además un tranvía de madera efectúa un pequeño recorrido por todo el centro de la ciudad y aunque perfectamente puede hacerse andando, no es una mala forma de ver lo mas interesante de la misma. El billete te permite subir y bajar en cualquier parada visitando de esa forma los principales puntos de interés de la ciudad. De todos ellos lo que mas me gustó fue el Arts Centre, complejo de galerías de arte, artesanías, tiendas y estudios situado en los antiguos edificios de la Universidad de Canterbury. Me hubiese gustado pasar mas tiempo en él aunque quién sabe, posiblemente habría acabado medio arruinado.

En Christchurch concluimos nuestro viaje por Nueva Zelanda. Mas de tres semanas, varios vuelos internos, un ferry y mas de 4000 km en coche para recorrer de punta a punta un país situado en las antípodas haciendo noche en casi una docena y media de lugares distintos. Sol, lluvia, nieve, granizo, frío y calor en veintitantos días pasados en un país increíble... Nos presentamos antes de que amaneciese en el aeropuerto para tomar un vuelo. Nuestro recorrido por Nueva Zelanda ha terminado, pero no así este viaje. Aun nos quedaba una etapa más. Bueno dos en mi caso, porque el vuelo que teníamos que coger nos dejaría en Sydney a primera hora de la mañana y mientras éstos pasarían allí las tres noches siguientes, yo tomaría un vuelo más que me llevaría hasta el centro de Australia, donde una inmensa montaña de roca de color rojizo se levanta en mitad del desierto. Su nombre, Uluru.