miércoles, 17 de diciembre de 2008

SYDNEY

Aterrizamos en Sydney a primera hora de la mañana después de tres horas de vuelo y pocas horas de sueño. Estaba nublado. Hacía calor pero no se veía el sol por ningún lado. Habíamos optado por un hotel bastante céntrico y tras descargar el equipaje en él nos fuimos a conocer la ciudad. Obviamente el objetivo número uno era el icono, el lugar mas conocido de Sydney y uno de los edificios mas emblemáticos del mundo, el Sydney Opera House. Es una bonita ciudad, calles bien trazadas, amplios paseos, parques inmensos con cartelitos que invitan a los visitantes a caminar por la hierba o tumbarse en ella, ni un papel por el suelo... Vamos, que da gusto pasear por ella... y con la misma sensación de estar viendo mas de lo mismo si no fuera por la ópera, el harbour bridge y esa espléndida bahía en torno a la cual está levantada la ciudad. Porque los rascacielos, parques, avenidas y puertos de la ciudad son tan parecidos a los que hay en otras ciudades de otros paises que están en ese u otros continentes, que al final hacen que uno no sepa muy bien dónde está. Los paisajes, gentes, climas, olores, sabores... marcan diferencias entre los continentes y entre los paises. Las ciudades no, al menos las modernas. Son todas demasiado parecidas entre sí. O igual es que todas intentan parecerse a Nueva York... ¡Quién sabe!

Sin embargo no quiere esto decir que no valga la pena conocerla. Y conocer sus orígenes. Sydney surgió como prisión británica, una carcel situada al otro lado del mundo. Y parte de su trama urbana, que se mantiene en la actualidad, fue diseñada por un arquitecto que era inquilino de esa prisión. Ahora es una ciudad elegante, cosmopolita y dinámica y su pasado carcelario apenas es un recuerdo plasmado en algunos pocos edificios restaurados diseminados por la ciudad. Iniciamos nuestro paseo por lo que nos quedaba mas cerca del hotel, el jardín botánico. Situado junto a la bahía en la zona conocida como "The Domain" estos inmensos jardines incluyen el antiguo palacio del gobernador, que ahora se utiliza para recepciones oficiales, y un tremendamente cursi conservatorio de música. Sin embargo los pasos te llevan inevitablemente al edificio que está situado en el extremo del mismo, la Ópera. Diseñado por un arquitecto danés llamado Jorn Utzon, que se acabó desligando del proyecto por discrepaancias con las autoridades, e inaugurado tras catorce años de obras es sin duda el edificio mas impresionante de la ciudad, lo que la diferencia del resto y por ello imprescindible en cualquier visita a Sydney. Tengo que reconocerlo, me gustó mucho. Ya me gustaba cuando sólo lo había visto en fotos o películas. Estando allí me impresionó. Además el tiempo se despejó y las baldosas blancas que recubren el edificio al reflejar la luz del sol le daban un aspecto aun mas deslumbrante y esto nunca mejor dicho.

Optamos por comer en la zona llamada "The Rocks", al otro extremo de Circular Quay, un antiguo barrio portuario cuyos edificios han sido restaurados y en la que abundan ahora los restaurantes, tiendas y bares; y después continuamos nuestro recorrido por la zona dirigiéndonos hacia el otro gran icono de la ciudad, el inmenso puente de acero inaugurado en 1932 que atraviesa la bahía comunicando el norte y el sur de Sydney. Existe la posibilidad de caminar por la estructura de acero hasta lo mas alto del arco en una bastante cara excursión. Nosotros nos decantamos por otra opción, bastante mas económica, subir los aproximadamente doscientos escalones que hay en el pilar sudeste, el mas próximo a "The Rocks", hasta el mirador que hay en lo mas alto del mismo. No hay gran diferencia de altura con respecto al arco y las vistas son igualmente espectaculares. Imagino que el subidon de adrenalina de los que suben por el arco será bastante mayor pero si sólo quieres ver las vistas creo que es suficiente con el mirador que hay en el pilar. Es interesante también dedicar un rato al pequeño museo que hay en su interior. Está dedicado a la historia del puente y las fotografías y el documental que proyectan están francamente bien. Eso sí, como casi todo en esta parte del mundo cierra a las cinco.

Continuamos el paseo por el centro de Sydney caminando hasta Darling Harbour, otra zona de muelles restaurada y copada ahora por restaurantes, bares de copas, tiendas y centros comerciales para terminar volviendo al hotel para descansar un rato antes de cenar y, en mi caso, preparar la mochila con lo que me iba a llevar al día siguiente a Uluru. Para la vuelta dejaba otra de las cosas que es recomendable hacer en Sydney, darte un paseo en barco por la bahía. Al igual que en Auckland hay infinidad de posibilidades para hacer cruceros por la bahía de Sydney, al amanecer, atardecer, con cena... Además de que no me iba a sobrar el tiempo, condicionado por los horarios de los vuelos, tampoco tenía muchas ganas de un crucero comentado o algo similar, así que opté por otra alternativa, bastante mas barata pero igualmente válida porque puedes ver prácticamente las mismas vistas, que es tomar el ferry a Manly (aprox. 1 h. i/v) desde Circular Quay. 

Lo hice según me bajé del avión que me traía de regreso de Uluru así que tuve mi propio atardecer en la bahía, un tanto deslucido porque había bastantes nubes pero igualmente interesante. Para la mañana de mi regreso dejé otro pequeño paseo, consistente en tomar otro ferry desde el mismo sitio para cruzar al otro lado de la bahía, a Milsons Point, y dar una vuelta por los muelles viendo otra panorámica de la ciudad, apenas unas horas antes de ir al aeropuerto para tomar el vuelo de regreso a casa y dar por finalizadas cuatro semanas de viaje por las antípodas.

domingo, 7 de diciembre de 2008

CHRISTCHURCH

Aterrizamos en Christchurch a primera hora de la mañana de un día nublado y con previsiones meteorológicas desfavorables, sobretodo para el día siguiente. Era nuestra última parada antes de finalizar nuestro viaje por Nueva Zelanda y teníamos previsto pasar un par de días por esta zona antes de abandonar el país. Al igual que en otras ocasiones teníamos varias alternativas pensadas para ocupar los dos días que íbamos a estar por aquí y decantarnos por una u otra iba a depender fundamentalmente del tiempo. Dado que aquí, como ya os he dicho otras veces, el clima va por barrios es fundamental estar en uno en el que no esté lloviendo, si es que lo hay.

Entre las opciones que teníamos la primera era alquilar un coche e ir hasta Kaikoura (mas de dos horas de ruta) para embarcar y ver, con algo de suerte, alguna ballena (cachalotes) y delfines. El problema es que si hace malo los barcos no salen por lo que interesa enterarse de cómo está el tiempo antes de recorrer los aproximadamente 180 kilómetros que hay hasta allí. En el mismo aeropuerto nos hicieron la gestión y nos informaron que, en principio, los barcos saldrían ese día y como la previsión era que empeorase decidimos no dejarlo pasar, así que alquilamos un coche y nos fuimos directamente hasta allí, dejando el turismo por la ciudad para después. La ruta por carretera es francamente bonita. La vía discurre por el interior buena parte del tiempo entre ríos y montes cubiertos de arbustos y con los Alpes neozelandeses de fondo hasta que, tras atravesar un puerto por una carretera demencial, la ruta pasa a ir paralela a una costa en la que a pocos metros de la orilla nadan y saltan los delfines.

Llegamos a Kaikoura una hora antes de la salida del barco. Para hacer tiempo opté por coger la cámara e irme a la orilla de la playa para ver cómo un grupo de delfines se recorría la costa a lo largo de la rompiente buscando su almuerzo. Dado que el día no era muy bueno precisamente y, además, se estaba levantando bastante viento no confirmaron la salida del barco hasta unos minutos antes de la hora programada, momento en el que nos montaron a todos en un autobús y tras un recorrido de unos diez minutos, nos dejaron en el muelle para embarcar en un moderno catamarán desde el que intentaríamos avistar algún cachalote.

Vimos dos o mas posiblemente vimos al mismo dos veces, porque una vez revisadas las fotos estoy casi seguro que era el mismo. Entre un avistaje y otro pasó en torno a los tres cuartos de hora así que es muy posible. De todas formas me da igual, sigue siendo un espectáculo magnífico. Sin embargo... a estas alturas he estado metido en una jaula alrededor de la cual nadaban varios tiburones blancos en Sudáfrica, he visto ballenas en Argentina y Sudáfrica (y ahora en Nueva Zelanda)... y mis favoritos siguen siendo los delfines (a lo mejor el día que consiga ver una manada de orcas cambio de opinión pero hasta entonces...). 

Porque entre cachalote y cachalote vimos durante un buen rato a un grupo de delfines que nadaban, saltaban y echaban carreras a nuestro barco y para mi ese fue con diferencia el mejor momento de toda la excursión. O el que mas me hizo sonreir, por expresarlo de otra forma. La mayoría de los pasajeros se agolpaba en la borda al ver el cachalote. Para mi era algo poco novedoso así que me despreocupé de la cámara y me dediqué simplemente a observarlo pero con los delfines ya fue otra cosa. A mi me compensaron los casi 400 km que tuvimos que recorrer ese día, me alegraron el día. No lo puedo evitar, me resultan entrañables. Total, que después del madrugón para el avión, el vuelo (bastante malo, se movió muchísimo) y las mas de dos horas de coche se me pasó el cansancio de golpe gracias a un simpático grupo de delfines.

 Llegamos a Christchurch a media tarde y tras instalarnos en el motel fuimos a dar una vuelta por el centro mientras buscábamos algún sitio para cenar. A la mañana siguiente amaneció lloviendo. De todos los días que pasamos en la isla sur éste fue el peor, junto con la segunda tarde que pasamos en Te Anau. Al menos hasta el mediodía, cuando mejoró. De todas las ciudades que he conocido en Nueva Zelanda Christchurch es mi favorita. Es la mas grande de la isla sur y también la mas bonita. De estilo muy inglés, por describirla de alguna forma, está atravesada por el río Avon por cuyas márgenes hay un paseo en torno al cual se suceden los antiguos edificios coloniales entre jardines y parques y que es muy recomendable recorrer. Además un tranvía de madera efectúa un pequeño recorrido por todo el centro de la ciudad y aunque perfectamente puede hacerse andando, no es una mala forma de ver lo mas interesante de la misma. El billete te permite subir y bajar en cualquier parada visitando de esa forma los principales puntos de interés de la ciudad. De todos ellos lo que mas me gustó fue el Arts Centre, complejo de galerías de arte, artesanías, tiendas y estudios situado en los antiguos edificios de la Universidad de Canterbury. Me hubiese gustado pasar mas tiempo en él aunque quién sabe, posiblemente habría acabado medio arruinado.

En Christchurch concluimos nuestro viaje por Nueva Zelanda. Mas de tres semanas, varios vuelos internos, un ferry y mas de 4000 km en coche para recorrer de punta a punta un país situado en las antípodas haciendo noche en casi una docena y media de lugares distintos. Sol, lluvia, nieve, granizo, frío y calor en veintitantos días pasados en un país increíble... Nos presentamos antes de que amaneciese en el aeropuerto para tomar un vuelo. Nuestro recorrido por Nueva Zelanda ha terminado, pero no así este viaje. Aun nos quedaba una etapa más. Bueno dos en mi caso, porque el vuelo que teníamos que coger nos dejaría en Sydney a primera hora de la mañana y mientras éstos pasarían allí las tres noches siguientes, yo tomaría un vuelo más que me llevaría hasta el centro de Australia, donde una inmensa montaña de roca de color rojizo se levanta en mitad del desierto. Su nombre, Uluru.

martes, 25 de noviembre de 2008

SOUTHLAND, DUNEDIN Y OTAGO

Nos pusimos en camino a primera hora de la mañana. El día, magnífico, los campos con la nevada de la noche anterior. La meta final era Dunedin, en la costa opuesta, a mas de 300 km de allí. Las opciones para llegar eran varias. La más rápida iba por el interior, mas recta y mas directa. Por lo que sabíamos tendríamos que atravesar innumerables campos con ganado y viñedos mientras cruzábamos de costa a costa. Otra posibilidad consistía en ir bordeando toda la costa sur y este hasta llegar a Dunedin, con Invercargill como punto intermedio. Es lo que se conoce como "Southern Scenic Route". El inconveniente de esta ruta es que estimábamos que nos supondría un par de días para hacerla con tranquilidad y andábamos justos de tiempo a estas alturas del viaje. Por ello nos decantamos por una solución intermedia consistente en ir directos hacia el extremo sur de la isla desde Te Anau y desde Invercargill recorrer la costa hasta Dunedin. Con ello costeábamos por la zona que mas nos interesaba de la ruta y, además, ganábamos el tiempo suficiente para llegar a Dunedin ese mismo día sin agobios. 

Llegamos a Invercargill en unas dos horas. Nuestra intención era informarnos acerca de la ruta a partir de ahí por la zona conocida como "The Catlins" y continuar ruta sin parar en la ciudad. Por lo que sabíamos de ella poco hay que ver y de modo anecdótico puedo comentar que por toda la zona que atravesamos no vimos una sola cafetería abierta. Hay que matizar que era domingo pero... en fin imagino que lo que cruzamos fue una zona residencial, sin mas. Una vez que repostamos (cosa importante porque las gasolineras no abundan en esa zona) decidimos seguir viaje y detenernos en dos o tres de las muchas posibles paradas que hay a largo del camino y que mas nos interesaban. 

Es una ruta costera y el paisaje tiene algo de salvajismo. Es inhóspito, incluso desértico en cierto modo. Los árboles tienen un aspecto fantasmal, como si sus raíces se empeñasen en aferrarse a la tierra mientras sus ramas son deformadas por los fuertes vientos procedentes del mar que, sin embargo, no son capaces de arrancarlas. Por ello las focas, leones marinos, pingüinos, delfines o elefantes marinos que te vas encontrando a lo largo de la costa no llaman tanto la atención como el propio paisaje en sí, reflejo de una naturaleza difícil de dominar.

Nuestras paradas fueron tres, si exceptuamos las que hicimos para tomar un café, a las afueras de Invercargill, y para comer. La del café fue bastante productiva porque poco antes de parar nos dimos cuenta de que en las diferentes rías que bordeábamos había mucha gente pescando en las orillas y no sabíamos qué, así que preguntamos en el bar y allí nos sacaron de dudas. Eran angulas. Para nuestra sorpresa nos dijeron que salían a unos 15€ los 100 gr. así que en ese mismo instante decidimos lo que íbamos a comer ese día. Para lo que cuestan aquí es un capricho barato. El problema es que no tienen ni idea de cómo se deben preparar unas angulas porque lo que hacen con ellas es una incomible tortilla mas seca que la pata de un santo y, encima, con mantequilla en lugar de aceite. Vamos que fue un desastre, así que en el mismo lugar donde comimos compramos una ración para cenarlas a nuestro gusto. Otros platos los cocinan estupendamente pero sobre las angulas los neozelandeses no tienen ni idea.

En fin, desastres culinarios aparte, la primera parada la hicimos en Waipapa Point, zona de playas salvajes y arrecifes famosos por ser escenario del mayor desastre naval del país. Además en esa playa habita una pequeña colonia de leones marinos a los que te puedes acercar a apenas unos pasos, si es que te dejan, claro. Un pequeño faro domina toda la costa. Apenas a unos kilómetros de allí, la mayoría por una pista de gravilla, están Curio Bay y Slope Point. Este último lugar es el extremo sur de la isla y no pudimos acceder a él porque para ello hay que atravesar terrenos privados y no se puede pasar si vas en la época de cría de los corderos. Por ello fuimos directos a Curio Bay para ver un bosque fosilizado. Es algo curioso porque se aprecian francamente bien los troncos petrificados, inmunes a la acción del mar. El mejor momento para apreciar este lugar es en la bajamar. Junto a Curio Bay está Porpoise Bay, una larga playa en cuyas aguas habita una manada de delfines que acostumbran a jugar con las olas saltando y haciendo cabriolas al mas puro estilo circense.

Para después de comer nos quedaba la parada en Nugget Point, un cabo bastante escarpado con un faro en lo alto rodeado de varios islotes rocosos habitados por focas, leones y elefantes marinos que comparten el mismo espacio en un raro ejemplo de coexistencia entre estas tres especies. conviene ir abrigado porque el viento que sopla aquí acostumbra a ser muy fuerte. Poco antes de Nugget Point cabría la posibilidad de visitar las Cathedral Caves si cuando llegas allí la marea está baja porque la entrada a las cuevas, que están en una playa, queda cubierta con la pleamar por lo que no permiten entrar desde unas dos horas antes de la marea alta. Nosotros llegamos tarde para ello por lo que tuvimos que seguir ruta directamente hasta Nugget Point. 

Después de Nugget Point la carretera te lleva fuera de los Catlins por lo que seguimos viaje ya sin parar hasta Dunedin, donde habíamos previsto pasar dos noches. Dunedin pasa por ser la ciudad mas escocesa (Dunedin es la forma gaélica de Edimburgo) que hay en el mundo fuera de Escocia y algo de eso se nota en los principales edificios de la ciudad sobretodo en el Octagon, auténtico centro de la misma, y en la catedral,  situada a pocos metros de allí. Como llegamos a última hora de la tarde dejamos la visita de la ciudad para el día siguiente. Tampoco teníamos grandes planes para ese día así que n os lo tomamos con calma y decidimos improvisar un poco sobre la marcha.

El hecho es que él clima estuvo de nuestra parte y una vez mas nos salió un día excelente así que a la mañana siguiente nos dedicamos a visitar el centro de la ciudad y hacer algunas compras. Como curiosidad en Dunedin está, según el libro Guinness de los records, la calle mas empinada del mundo, Baldwin St. No se si esto será cierto pero subirla cuesta lo suyo y más con calor. Para la tarde no teníamos nada decidido pero sí algunas ideas. Al final y visto el tiempo que hacía nos decantamos por la idea inicial así que cogimos el coche y nos fuimos a recorrer la península de Otago. La zona tiene bastante similitud con los Catlins pero no por ello deja de sorprender y una vez vista he de decir que conocerla es algo muy recomendable. Las playas son espectaculares y el paisaje magnífico. 

La península está recorrida por unas sinuosísimas carreteras y pistas sin asfaltar que permiten acceder a las playas y bahías diseminadas por la misma eso sí, caminando un rato para llegar a ellas. Está habitada pues hay unos minúsculos pueblos en el lado de la bahía, pero la mayor parte de la península es también naturaleza en estado puro, como es en general toda la isla sur. En el centro de la misma está el Castillo de Lanarch, el único que hay en todo Nueva Zelanda. Funciona como hotel pero se pueden visitar, previo pago de entrada, tanto el castillo como los jardines. Es una horteradilla pero las vistas que hay desde los alrededores hacen que merezca la pena acercarse hasta allí.

Nosotros pasamos buena parte de la tarde en una playa, 
Sandfly Bay, en la que los bañistas y los leones marinos comparten el espacio en aparente armonía. Para llegar allí había que caminar un cuarto de hora mas o menos y descender por una empinada rampa de arena. La bajada la hace cualquiera, aunque sea rodando pero la subida... El agua estaba bastante fría pues esta playa da a mar abierto por lo que no nos bañamos; aun así el calor de la tarde invitaba a quedarse allí un buen rato relajándonos y eso hicimos. Soy del tipo de personas que puede estar horas mirando como se comporta un animal salvaje así que se me pasó el tiempo volando.

Por mí me hubiese quedado allí toda la tarde pero a los otros no les faltaba razón al decir que si había que volver a Dunedin mejor hacerlo con la luz del día y, ya puestos, terminando el recorrido por la península así que continuamos por un caminillo de grava y tierra hasta el extremo de la misma, donde hay una enorme colonia de albatros en la pared de un acantilado de los que ponen a prueba mi vértigo. El ruido que hacen las aves es estruendoso pero el lugar bien merece una visita. Hay un centro dedicado a estas aves pero cuando nosotros llegamos ya había cerrado. De todas formas he de decir que tampoco estábamos muy interesados en entrar en él así que poco nos importó. También hay una colonia de pingüinos en la península pero únicamente puede visitarse con guía así que también prescindimos de ella. Además tampoco teníamos ya tiempo. Al anochecer llegamos a la ciudad y tras salir a  cenar algo optamos por retirarnos pues a primera hora de la mañana salía nuestro avión con destino Christchurch, ultima escala en nuestro viaje a Nueva Zelanda.

lunes, 17 de noviembre de 2008

FIORDLAND

Los siguientes días íbamos a pasarlos en la región de Fiordland, al sudoeste de la isla. Si hubiésemos ido unas semanas después habríamos necesitado bastante mas tiempo porque podríamos haber hecho el Milford Track, una ruta de cuatro días a través de la región que comienza cerca de Te Anau y llega hasta Milford Sound. Sin embargo los refugios donde se hace noche no estarían habilitados hasta unos días después de marchar nosotros, así que tuvimos que descartar la idea. Es una de las grandes rutas que puede hacerse en Nueva Zelanda. Las etapas están marcadas, únicamente puede hacerse en un sentido porque los refugios tienen una capacidad limitada (40 personas al día) y se requiere reserva previa, cuyo plazo se abre a mediados de julio, en la Autoridad Nacional de Parques Naturales.

Aun así nuestra intención era estar unos cuantos días por la zona y visitar alguno de los fiordos, por lo que nos pusimos en camino desde Fox Glacier después de desayunar con idea de llegar hasta Queenstown por la tarde. No teníamos prisa y además hacía un día radiante así que seguimos conduciendo hacia el sur, dejando el mar de Tasmania a nuestra derecha y los Alpes a la izquierda hasta Haast, al borde de la región de los fiordos,momento en el que la ruta te lleva hacia el interior. Hicimos la primera parada en Wanaka, bonita ciudad que está al borde del lago del mismo nombre. Tanto Wanaka como Queenstown, donde pasaríamos la noche, son ciudades bastante similares (aunque Queenstown es bastante mas grande), situadas a la orilla de un lago y en las que se puede practicar toda clase de deportes y actividades de riesgo, además de que están próximas a las principales estaciones de esquí de la zona, con lo cual tienen bastante animación durante todo el año.

Las estaciones de esquí estaban cerradas y no teníamos muy claro si íbamos a hacer algún rafting o excursión en la zona o nos tomaríamos esos dos días en plan relajado, así que improvisábamos sobre la marcha. Comimos en Wanaka y después optamos por tirarnos un rato descansando a la orilla del lago, aprovechando que el sol calentaba bastante, antes de continuar viaje hasta Queenstown, a poco mas de una hora de allí. Realmente decidimos hacer noche en Queenstown porque al día siguiente pensábamos continuar hasta Te Anau (dos horas largas de coche)y visitar desde allí el fiordo (aun no sabíamos cual), y avanzando hasta Queenstown ganábamos algo de tiempo. Sin embargo viéndolo desde la distancia creo que ahora me habría quedado en Wanaka. Es una ciudad mas pequeña, mas coqueta y a mi me gustó bastante mas que la otra, mas grande, mas ruidosa y con las mismas posibilidades a la hora de hacer cualquier tipo de actividad. No quiero desmerecer Queenstown pero yo me quedo con Wanaka y a la hora de ir después hasta Te Anau es sólo una hora mas. Con las distancias que llevábamos recorridas a estas alturas una hora en esa zona es poco menos que una broma.

Así pues llegamos a Queenstown a primera hora de la tarde y tras dejar las cosas en el hotel nos fuimos a dar un paseo por la ciudad. Como el hotel estaba al lado del jardín botánico empezamos por ahí y bordeando por la orilla del lago llegamos hasta el centro de la ciudad. Después optamos por coger un teleférico que te sube hasta lo alto de una montaña desde la que se divisa toda la ciudad, el lago y los montes de los alrededores. Salvas un desnivel bastante importante en unos minutos así que los que tenemos vértigo no se puede decir que lo pasemos bien en ese aparatillo, pero si el día está despejado la vista compensa el mal trago. Al día siguiente optamos por tomárnoslo de descanso, así que nos limitamos a pasear por la ciudad y echar un vistazo a las tiendas porque en esta época liquidaban todo lo de invierno y lo de esquí, así que se podían encontrar bastantes cosas que merecían la pena... si te las arreglabas para meterlo en la maleta.

Después de comer nos pusimos en camino hacia Te Anau. Son unas dos horas de camino consistentes en dar un rodeo tremendo a las montañas. Si hiciesen un túnel que las atravesase Te Anau y sobretodo Milford Sound estarían muy cerca de Queenstown, pero como no lo hay toca dar el rodeo. La carretera es muy bonita pues vas bordeando ríos y lagos casi todo el camino, así que por lo que a mi respecta espero que no hagan ese túnel nunca. Ahora bien, si quitasen alguna de las muchas curvas que hay ni tan mal... Llegamos a Te Anau a primera hora de la tarde y allí nos confirmaron el parte meteorológico que nos habían dado para el día siguiente, es decir, mal tiempo con posibilidad de nevada incluida. Nos quedamos un poco chafados porque, al menos a mí, esta era la zona que mas ganas tenía de conocer en la isla sur y el buen tiempo que habíamos tenido desde que llegamos a ella nos abandonaba en el momento mas inoportuno. 

De todas formas no íbamos a renunciar a la excursión así que sacaríamos la ropa de abrigo y punto. Después de dejar las cosas en el motel cogí la cámara y me fui a dar una vuelta por la orilla del lago. Hay un paseo a lo largo de la orilla y el paisaje es bonito, así que había que aprovechar que aún hacía bastante buen tiempo. En buena hora se me ocurrió porque cuando estaba volviendo al hotel empezó a cambiar el tiempo, se levantó un fuerte viento que de paso se trajo consigo unos nubarrones con pinta bastante amenazadora y bajó la temperatura unos cuantos grados en un momento. Esa noche llovió. Los pronósticos de los meteorólogos parece que se iban a cumplir.

Al día siguiente madrugamos con intención de pasar todo el día de excursión. Tras sopesar pros y contras de cada uno de ellos al final habíamos decidido ir al Milford Sound. Tiene la ventaja de que puedes ir por tu cuenta hasta el mismo fiordo lo que te permite parar donde quieras, cuando quieras y el tiempo que quieras, por no hablar de que así te ahorras bastante dinero. Además, saliendo desde Te Anau relativamente temprano te quitas bastante gente en los cruceros que llega en excursión organizada y mas o menos a la misma hora. El inconveniente es que hay bastante mas gente que en el Doubtful Sound. Este es mas tranquilo, mas "silencioso", pero para ir hay que contratar la excursión porque para llegar allí hay que cruzar primero en barco el lago Manapouri y luego ir varias horas por carretera hasta llegar al fiordo. Por lo que nos comentaron también debe ser una pasada pero sale mucho mas caro. También nos dijeron que el paisaje durante el camino al Milford era mas espectacular. Aun así a mi me habría gustado conocerlo también. La próxima vez será.

Hicimos casi todo el recorrido por carretera lloviznando. Concretamente hasta que pasamos el Homer tunnel, que está bastante cerca del fiordo. Es un túnel de algo mas de un kilómetro de longitud, con bastante pendiente y bastante estrecho así que sólo se recorre en un sentido a la vez, regulado por un semáforo que tarda algo así como un cuarto de hora en cambiar. Tampoco importa mucho esa espera porque mientras estás allí se te acercan unos loros de montaña bastante descarados, con plumaje verde y marrón, llamados "Keas" que picotean todo lo habido y por haber, incluidas las gomas de los coches y cualquier cosa comestible que se ponga a su alcance. Al cruzar el túnel dejó de llover o, mejor dicho, hacía bastante buen tiempo con algo de sol incluido. Dicen los lugareños que pasar ese túnel es como cambiar de estación y realmente así fue porque el día no tenía nada que ver.

Llegamos al embarcadero y tras ver las opciones nos decidimos por un crucero en un barco pequeño que salía minutos después. hay cuatro compañías que hacen cruceros por Milford Sound. Los recorridos son bastante parecidos y las diferencias dependen de si tiene fondo de cristal, si dura algo mas de tiempo (esto suele ser debido a que el barco es algo mas lento), si incluye comida o una parada en un centro que hay de estudios marinos. Nosotros nos decidimos por un simple crucero en un barco pequeño en el que viajábamos en total once personas. Creo que fue un acierto total coger ese barco porque teníamos todo el espacio del mundo para movernos a nuestras anchas. Igual los barcos mas grandes son mas cómodos pero imagino que será imposible hacerte una foto con el fiordo de fondo sin que salga una legión de japoneses en ella.

Venir a Nueva Zelanda y no visitar Fiordland es como tener una mesa coja. El crucero es espectacular, sobretodo si hace buen tiempo. Lo de menos es si ves algún animal (delfines o focas) porque esos los puedes ver en muchas otras zonas del país. Lo increíble es el paisaje, las montañas y los picos nevados que rodean el fiordo o las cascadas que van apareciendo a lo largo del recorrido y la inconfundible silueta del Mitre Peak. Las dos horas que estuvimos nosotros fueron soleadas y aunque a ratos había neblina en las cumbres pudimos apreciar el paisaje plenamente. Al menos durante el crucero los meteorólogos se equivocaron. Porque después de comer algo en el restaurante que hay allí empezó a llover con bastante intensidad, así que optamos por iniciar el camino de regreso con la esperanza de que al pasar otra vez el túnel ocurriese lo mismo que a la ida.

No fue exactamente así porque si en el lado del fiordo llovía bastante al otro llovía a mares. Pero en Nueva Zelanda lo del clima va por barrios y por horas. Un rato después empezó a mejorar y, a mitad de camino, cuando llegábamos al lugar donde queríamos detenernos para hacer una pequeña excursión paró de llover. Reconozco que en todos los viajes que he hecho hasta ahora no he visto cosa igual. Jamás he conocido un clima tan variable como éste. Por suerte, estuvo de nuestro lado. Conocimos a una pareja de Bilbao en Northland a la que le llovió todos los días que estuvieron en la isla sur. Nosotros estábamos librándonos casi todos los días y pudiendo hacer todo lo que queríamos.

A lo largo de la ruta hasta Milford hay varias posibles paradas para ver lugares que valen la pena, cascadas, lagos... con caminatas que van desde el cuarto de hora hasta varias horas. A nosotros nos apetecía hacer la ruta hasta Key Summit (lleva unas tres horas ir y volver), al comienzo de otra de las grandes rutas de trekking que hay por la zona, el Routeburn Track. En todas partes recomendaban hacer ese paseo. Había dejado de llover y tenía pinta de que podía salir el sol otro rato por lo que nos echamos al camino. La verdad es que fuimos a paso bastante ligero porque tal y como estaba resultando el día había que aprovechar la aparente mejoría del tiempo, afortunadamente para nosotros porque tuvimos la ocasión de ver los que para mi han sido los mejores paisajes de todo el viaje. Si ya me llevé una pequeña desilusión por no poder hacer el Milford Track, después de hacer esa pequeña ruta tuve claro que tendría que volver a este país para hacerla. Es la desventaja de tener que pedir las vacaciones con tantos meses de antelación. Este año no me cuadraban los días para ir en otra época mas avanzada... Pero no hay mal que por bien no venga... Esto me obliga a volver otro año. Además también tengo pendiente el Tongariro crossing...

Poco después de volver al parking donde teníamos el coche, al comienzo de la ruta, ocurrió por fin lo que habían previsto los meteorólogos y empezó un temporal que ya no paró hasta el día siguiente. Lluvia, granizo, viento y frío que se transformaron en una copiosa nevada poco después regresar al motel. Eso sí, muy satisfechos porque a pesar de todo habíamos tenido un buen día, no nos habíamos mojado e íbamos a abandonar la costa oeste tras haber hecho todo lo que nos apetecía hacer. Bueno, o casi todo.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

WEST COAST

Finalizada nuestra estancia en Abel Tasman por la mañana temprano nos pusimos en camino hacia el oeste, por donde ibamos a estar los siguentes días. La isla sur de Nueva Zelanda está atravesada casi en su totalidad de norte a sur por una cordillera montañosa, los Alpes Neozelandeses que dividen la isla en dos como si de una columna vertebral se tratara. Hay mas de doscientos picos que superan los 2300 metros de altura y, de ellos, varias docenas superan los 3000, con el Monte Cook a la cabeza. La costa oeste está azotada por el mar de Tasmania y los vientos humedos del oeste, al chocar contra la cordillera, provocan frecuentes lluvias que convierten esta zona en la mas húmeda del país. Sin embargo nos seguía acompañando el buen tiempo así que el día prometía bastante.

Nuestra intención era llegar a Hokitika, donde teníamos previsto pasar la noche, parando en primer lugar en Punakaiki para ver las llamadas "Pankake Rocks", unas extrañas formaciones rocosas que hay en esa localidad que asemejan un montón de tortitas(?), de ahí el nombre. Están en la costa y en ellas hay varias chimeneas, de tal manera que cuando sube la marea y hay oleaje el agua entra por debajo y sale después como un chorro a mucha presión o, por decirlo de otro modo, como un geiser. Nuestro problema aquí es que teníamos información contradictoria pues el guía del día anterior nos había dicho que la mejor hora era un par de horas después de la bajamar (que tocaba ese día hacia las diez de la mañana), mientras que yo había leido que no merecía la pena llegar hasta que fuese casi pleamar (a las cinco de la tarde). Así pues nos pusimos en camino con una relativa prisa porque calculabamos que nos llevaría unas cuatro horas llegar hasta allí y no teníamos muy claro a qué hora había que estar. 

Conclusión, nos hicimos casi del tirón el trayecto o, al menos, las primeras tres horas con una breve parada en un puente peatonal colgante muy estrecho y que pasa por ser el mas largo del país de ese estilo. No es mas que una curiosidad pero sirve para hacer un descanso durante la ruta. Las prisas nos llevaron a descartar por ejemplo la visita a los Nelson Lakes, consolándome pensando que tendríamos la oportunidad de ver muchos mas lagos a lo largo del viaje. Pero al final y despues de mucho pensarlo prevaleció mi criterio y nos arriesgamos a creer que el mejor momento para llegar a las rocas era cerca de la pleamar. Afortunadamente, porque si no no sé lo que habríamos hecho allí esperando a que suba la marea... Bueno, sí, porque opciones hay, si hace buen tiempo y apetece andar. Por tanto una vez tomada la decisión nos decidimos por desviarnos unos kilómetros de nuestra ruta e ir a ver una playa situada cerca de Westport en uno de cuyos extremos hay una colonia de leones marinos.

Al final llegamos a Punakaiki poco después de las dos del mediodía con la idea de comer algo, si nos daba tiempo, antes de ir a ver las rocas. Tuvimos de sobra, porque segun bajamos del coche vimos un anuncio en una pizarra que estaba delante del centro de visitantes en la que indicaban cuál era la mejor hora para ir a las rocas ese día y no era otra que la pleamar, a las cinco de la tarde. El paseo hasta los miradores es breve, apenas diez minutos. Y después, a esperar a que llegue una ola lo suficientemente alta como para lanzar el agua con la fuerza necesaria para que salga disparada por las grietas. Es un espectaculo curioso, un grupo de rocas de forma extraña en medio de un lugar en el que no hay nada ni remotamente parecido y por las cuales salen chorros de agua de mar al ritmo del oleaje.

El mar de Tasmania es bravo, tiene un punto salvaje que, al menos a mi, hace desconfiar de él. Desconozco qué aspecto tendrá en verano. Imagino que la gente se bañará o hará surf, aunque el agua está bastante fría. Todos los días que estuvimos en él el fuerte oleaje era una constante. Las playas tenían un aspecto increible y da gusto pasear por ellas, pero cuando ves la inmensa cantidad de troncos que el mar ha depositado en las orillas lo de meterse en él da que pensar. 
Aun así esta zona es para mi una de las mas bonitas del país. Inmensas playas, una cordillera nevada a unos pocos kilómetros y gran sensación de tranquilidad en una de las zonas mas despobladas de la isla. No es de extrañar porque el clima es bastante duro. Probablemente si no hubiesen encontrado oro en la zona hace algo mas de un siglo, la presencia humana sería casi
 anecdótica.

Después de pasar un rato en las Pankake Rocks decidimos continuar viaje hasta Hokitika, algo mas al sur, porque al día siguiente teníamos intención de ir al Glaciar Fox y de esta forma ganábamos bastante tiempo. La carretera seguía paralela a la costa y en plena pleamar como estábamos era un espectaculo impresionante. La mayoría de los puentes que hay en las carreteras neozelandesas sólo tienen un carril que se usa para los dos sentidos. Por eso hay que acercarse a ellos con cuidado ya que, aunque siempre hay un sentido que tiene preferencia, si ya hay alguien en él que te viene de frente hay que esperar a que pase. Pues bien, durante esta parte del trayecto se atraviesa uno que, segun los neozelandeses, es único en el mundo porque tiene un único carril para coches y para trenes. Sí, trenes, porque las vías lo atraviesan, están al ras de la carretera y tú pasas con el coche por encima de ellas. La verdad es que no deja de tener su gracia la cosa. Nosotros ganamos al tren por los pelos porque lo adelantamos unos kilómetros antes. La pena es que iba tan despacio que no sabíamos a qué hora pasaría. Si nó igual lo hubiesemos esperado... Un rato después llegamos a Hokitika donde poco mas se podía hacer que pasear por la playa. Para otras opciones por esa zona, como visitar alguna antigua mina de oro o de jade, ya era tarde. De todas formas lo que apetecía era descansar. Al final habían sido muchos kilómetros ese día.

A la mañana siguiente salimos hacia el Glaciar Fox, a un par de horas de viaje desde Hokitika. El parte meteorológico para ese día era mas bien regular y así fue, estaba nublado. Eso nos suponía un pequeño inconveniente pues teníamos intención de contratar una excursión por el glaciar y con mal tiempo no salen. Aun así fuimos hacia allí porque las agencias no confirman la salida hasta unos momentos antes de la hora programada. Los glaciares de esta parte de Nueva Zelanda tienen la particularidad de que están a muy baja altitud, llegan casi al nivel del mar. Por lo demás en cuanto a su tamaño no son muy espectáculares, al menos si los comparas con los de Argentina o Chile que son los que yo conocía antes de ir a éstos. 

Los dos mas conocidos y muy próximos entre sí son el Fox y el Franz Josef, ambos prácticamente debajo del monte Cook. 
Son muy parecidos en cuanto a su tamaño y características. Nosotros nos decantamos por hacer la excursión por el Fox porque la información que teníamos es que estaba menos concurrido que el otro. Así que con la intención de pasar unas horas por el glaciar aparecimos por el pueblito que hay al pie del mismo hacia las diez de la mañana. Es muy pequeño. Apenas unos cuantos alojamientos, varios restaurantes y cafés, las agencias donde se contratan las excursiones y los vuelos panorámicos y una gasolinera. Dudo que vivan ahí mas de doscientas personas.

Allí el tiempo seguía estando bastante nublado, por lo que fuimos a que nos informasen sobre si salían las excursiones. Nuestra intención era hacer la que llaman "helihike", en la que te llevan volando en helicóptero hasta mitad del glaciar para luego caminar unas tres horas por él. A modo de inciso, dependiendo del tipo de excursión que contrates visitas una zona u otra del glaciar y, en principio, cuanto mas alto subas mejores son las vistas y mayores las posibilidades de visitar cuevas de hielo... 

En general las excursiones por los glaciares son bastante caras, con bastante diferencia dependiendo de las horas que pases en el hielo, si incluyen vuelos, escalada en hielo e incluso dormir una noche en un refugio que hay en la parte mas alta. La nuestra era mas bien carilla porque incluía los traslados en helicóptero y eso sube bastante el precio (380$ por cabeza),  pero las excursiones mas baratas (?) andan por las zonas mas bajas del glaciar que también son aquellas donde el hielo está mas sucio por la tierra y rocas que va arrastrando el glaciar. Además, normalmente estás menos tiempo caminando por el hielo y la panorámica que se ve de los Alpes es bastante peor. Conclusión, llegamos allí y tras comprobar nuestra reserva nos dijeron que confirmarían la salida cinco minutos antes de la hora de inicio. Como nos quedaba un rato aprovechamos para comer algo mientras esperabamos confiando en que el tiempo aguantase lo suficiente como para poder hacer la excursión.


Y así fue. El helicóptero salió a la hora prevista y diez minutos después aterrizó en medio del glaciar donde nos esperaban los guías que iban a llevarnos las siguientes tres horas andando por el hielo. Sobre esto hay que decir que por mucho que avisen en las agencias sobre la dureza de la excursión, no hace falta estar en muy buena forma para ir. Lo puede hacer cualquiera. Con nosotros coincidió una pareja de jubilados californiana que lo hizo sin inmutarse. Uno de ellos incluso se tiró de cabeza por una estrecha rampa en plan tobogán exactamente igual que hicimos nosotros. Así que nos pasamos las tres siguientes horas caminando sobre un glaciar, explorando unas preciosas cuevas de hielo,
 pasando por grietas mas que estrechas (en algún caso pelín claustrofóbicas) y, como ya he dicho, tirándonos de cabeza por un tobogán natural, de hielo. Además un rato después de llegar el día se despejó y empezó a brillar el sol, lo que nos permitió echar un vistazo a las cumbres que teníamos encima y apreciar con mas intensidad los diferentes colores que adoptaba el hielo, que en algunas zonas era de un color azul intenso. Ello se debe al diferente grado de compactación del hielo al formarse.

Al de un rato nos vino a buscar de nuevo el helicóptero y como aun era pronto decidimos acercarnos al Lago Matheson, a unos 6 km. de allí, para intentar ver una de las mas famosas imágenes de Nueva Zelanda, el monte Cook reflejado en un lago de aguas cristalinas. El problema es que para ello hace falta un día despejado, que no haya niebla en las cumbres y ni gota de viento. Cuando fuimos se daban todas las condiciones salvo lo del viento, porque a mediodía se había levantado una brisa que permitió que se retirasen las nubes y la neblina. Así que tuvimos una vista excelente del monte Cook y del lago pero nada del reflejo porque la brisa agitaba la superficie del agua y no se reflejaba nada en ella. 

Y como estábamos lanzados y nos quedaban varias horas de luz por delante optamos por coger el coche y acercarnos a echar un vistazo al otro glaciar que hay en la zona, el Franz Josef, a 20 km. de allí que se recorren por una carretera llena de curvas. Dejamos el coche en el parking y fuimos andando hasta la misma base del glaciar, caminata que lleva unos tres cuartos de hora de los cuales buena parte de ellos son por el cauce del río que se forma al fundirse el hielo del glaciar. El sendero está perfectamente marcado pero hay que tener cuidado con andar por ahí si hace mal tiempo, sobretodo si llueve, porque el caudal del río aumenta muy rápido y puede ocurrir que tengas que mojarte los pies para volver, por lo menos... Volvimos a Fox a cenar y preparar el itinerario para los días siguientes que, tras seguir viaje hacia el sur, ibamos a pasar en la región de los fiordos.

ABEL TASMAN

Creo que el cruce de la isla norte a la sur es la travesía en barco mas bonita que he hecho hasta ahora. La ruta del ferry entre las dos islas lleva desde Wellington, en la norte, hasta Picton, en la sur. Dura poco mas de tres horas y aunque se pase algo de frío, al menos en octubre, vale la pena ir en el exterior. Aunque dentro del barco vas mas cómodo, calentito e incluso viendo una película, fuera tienes la posibilidad de ver la costa, muy escarpada e inhóspita en algunos tramos, con suerte ver como los delfines echan carreras al barco y, sobretodo, el espectacular paisaje de la última hora cuando el barco se adentra por los Marlborough Sounds para navegar atravesando uno de ellos, el Queen Charlotte Sound, al final del cual se encuentra el puerto de  Picton, principal entrada a la isla sur por mar. El único inconveniente es que si el mar está agitado, mientras el barco atraviesa el estrecho de Cook la travesía puede ser dura porque en esa zona las corrientes hacen que el barco se zarandee muchísimo. Pero aun así vale la pena.

A primera vista la isla sur es mas montañosa, si cabe algo mas salvaje (en el buen sentido) y bastante mas despoblada que la norte, sobre todo en la costa oeste, la de peor clima. Iniciamos nuestro recorrido por ella tomando una demencial carretera (por las tremendas curvas que tenía) que tenía que llevarnos primeramente hasta Nelson, principal ciudad de la zona, para continuar seguido hasta Marahau, en la misma entrada del Parque Nacional Abel Tasman. Pudimos haber tomado otra ruta mas rápida y, supongo, con mejor trazado pero la llamada "Queen Charlotte drive" tiene la ventaja de que cruza a través de los fiordos hasta llegar a Havelock, 36 km. después, atravesando un paisaje espectacular. 

Fue ahí donde paramos a comer, pidiendo la especialidad de la región, mejillones (enormes) entre otras cosas. Los vinos de esta zona también tienen fama de estar entre los mejores del país. Lástima que aun no hayan descubierto el corcho para taparlos pues en Nueva Zelanda los embotellan con tapón de plástico a rosca, tipo vino de cocinar. Con razón dicen los de los restaurantes que una de cada cinco botellas sale mala... Pero me estoy desviando. Las curvas continuaron durante todo el camino hasta Marahau. Afortunadamente ninguno tenía tendencia al mareo porque si no lo hubiese pasado francamente mal este día. Antes de llegar hicimos una breve parada en Motueka pues la playa bien merece una visita. Pero después del madrugón, el barco y la mala carretera la verdad es que teníamos ganas de llegar así que continuamos casi seguido hasta Marahau, donde teníamos una cabaña reservada en los "Ocean View chalets", 
espectacular alojamiento muy por encima de lo que nos habíamos imaginado y atendido por un amabilísimo hombre que, rápidamente, nos informó acerca de lo que cabía esperar del parque, las previsiones meteorológicas de los próximos días así como de las dos opciones y media que había para cenar en el pueblo, francamente bien en el "Hooked on Marahau", bastante peor en el "Park cafe". La media opción restante (así la definió el dueño de las cabañas y con razón) es un fish and chips así que ni nos acercamos, claro.

Al día siguiente teníamos contratada una excursión de día completo por el parque. Éste es el mas pequeño del país y lo forma una zona de costa con multitud de bahías, riachuelos, playas desiertas de arena dorada y una densísima 
vegetación que llega hasta la orilla. Hay un sendero que lo recorre entero y lleva unos tres días de marcha. Pero también hay excursiones de un día que se pueden contratar en todos los pueblos de los alrededores. Las diferentes agencias que las organizan hacen todas prácticamente los mismos recorridos, con pequeñas diferencias en función del tiempo que se dedica a cada actividad (kayac, senderismo, aquataxi...) y de las playas islas o bahías que se visitan a lo largo del día. En las fechas en que estábamos allí la opción mas interesante de entre todas las que había para elegir era úna que visitaba una colonia de focas en una islita muy próxima a la costa, Tonga, a la que se llega remando tras una primera travesía en aquataxi (una lancha fuera borda), una especie de servicio regular de transporte por mar a diferentes puntos del parque.

Los kayacs son de dos plazas y es conveniente que el que lleve la cámara se siente delante porque el de atrás tiene que estar pendiente del timón. Da gusto remar en esa zona, aunque no lo hayas hecho nunca (no es tan difícil). Un día soleado como el que tuvimos y el mar plano dan como resultado unas aguas cristalinas y la sensación de estar mas bien en el Caribe, por la pinta de las playas y el color del mar; la diferencia es la temperatura del agua, bastante mas fría.
 Por lo demás a estas alturas yo ya había visto focas, leones y elefantes marinos (entre otros animales) pero nunca había estado en algo tan pequeño como un kayac con uno de ellos nadando a un metro mío, así que creo que acertamos con la excursión porque aunque te tiras un buen rato remando (las hay que dedican bastante mas tiempo a esto que la de Tonga Island), merece la pena acercarse hasta allí para verlas. Otras rutas van remando de playa en playa y no dudo de que estarán bien porque el paisaje es increíble, pero tener las focas tan cerca es toda una experiencia. Con lo torpes que aparentan ser en tierra es impresionante ver lo rápido que nadan.

Tras el kayac venía el lunch y después un par de horas de caminata recorriendo parte del sendero que atraviesa el parque hasta llegar a Torrent Bay, espectacular playa donde nos vendría a recoger un rato después otro aquataxi que nos dejaría de vuelta en Marahau. A apenas 10km. de terrible carretera costera está otro pintoresco pueblillo, Kaiteriteri, así que tras descansar un rato fuimos hasta allí en coche. Pero si en Marahau había dos opciones y media para cenar en Kaiteriteri había dos y, por ser lunes, esa noche cerraban así que tras ver el pueblo tuvimos que darnos la vuelta para poder cenar. Elegimos la segunda opción del pueblo, por probar, y la verdad es que nos equivocamos porque si el día anterior cenamos genial éste metimos la pata, porque la comida no estaba ni mucho menos tan buena y, además, nos salió algo mas caro. En esto demostramos que no espabilamos porque en National Park nos ocurrió exactamente lo mismo (también había dos opciones y media, mas o menos). Y es que mas vale restaurante bueno conocido que malo por conocer, al menos donde sólo hay dos para elegir. Después de cenar nos fuimos a descansar porque al día siguiente nos esperaba otra larga etapa de coche por la costa oeste.

martes, 4 de noviembre de 2008

WELLINGTON

Wellington es la capital de Nueva Zelanda. Situada en el extremo sur de la isla norte está edificada en torno a una bahía que por estar orientada al sur, hace que la ciudad sea famosa por los fuertes vientos que sufre, como pudimos muy bien comprobar el día que estuvimos. Para ser justos, cuando llegamos a primera hora de la mañana hacia un tiempo estupendo, un día primaveral perfecto, así que tras descargar el equipaje nos fuimos a dar una vuelta por la ciudad. 

La verdad es que es de esas ciudades que pueden conocerse en un día, al menos la mayoría de sus puntos de interés, si te las pateas con ciertas ganas. Es cuestión de gustos pero a medida que voy conociendo mas lugares pienso que las ciudades modernas, al menos las que apenas tienen un par de siglos de historia, cada vez se parecen mas unas a otras es decir, calles limpias y bien trazadas, parques muy cuidados, plazas por todas partes... y una especie de competición por ver cual tiene el rascacielos mas alto. A este perfil responden en mi opinión ciudades que conozco como Sydney, Auckland, Ho Chi Minh City (ésta con una salvedad en lo que a limpieza se refiere), Capetown, Tel Aviv y la misma Wellington, por citar algunas. Con esto no quiero desmerecerlas ni decir que no merece la pena conocer estas ciudades (nueva salvedad en lo que a Ho Chi Minh se refiere), sino que a medida que voy conociendo otras nuevas tengo la sensación de que estoy viendo mas de lo mismo o que ya he estado allí, así que trato de buscar en ellas lo que las distingue del resto.

En el caso de Wellington tengo que decir que me gustó mucho, hay que ser justos, y además pude tomar en ella los mejores cafés de todas las vacaciones, lo que es muy de agradecer porque en el resto del viaje los que me tomé fueron, en general, de pena. También hay que decir que los de Wellington presumen de ello y para mi no les falta razón. Así que iniciamos el itinerario tomando el funicular de Kelburn que sube a lo alto de uno de los montes que rodean la ciudad y cuyas laderas están cubiertas por un enorme y precioso jardín botánico. Este monte, situado al este, ofrece una magnífica panorámica de la ciudad y, como ya he dicho, nosotros optamos por subir hasta aquí en el funicular para bajar andando hasta el puerto por los empinadísimos senderos del parque.

De camino al Waterfront estaban los edificios del Parlamento y la estación, pero lo que de verdad vale la pena de la ciudad, donde realmente creo que vale la pena pasar unas horas, es en el Museo Nacional de Nueva Zelanda Te Papa Tongarewa, edificio moderno situado en mitad del Waterfront, en el que se narra toda la historia de Nueva Zelanda desde diferentes puntos de vista, la herencia maorí y europea, el entorno natural del país, obras de diferentes artistas, etc. y todo ello de forma muy interactiva. 

El resto de la zona del puerto la forman los antiguos edificios ahora reconvertidos en cafeterías,  restaurantes y museos, todo ello situado en unos muelles reconvertidos en un bonito paseo por el que da gusto caminar, al menos con buen tiempo. Porque al mediodía la cosa cambió y lo que empezó como un día primaveral se convirtió en apenas media hora en un día casi invernal, con lluvia, viento y una importante bajada de temperatura. Eso nos estropeó el plan de la tarde, que consistía en subir al Monte Victoria, situado al otro lado de la ciudad, en el que las vistas al atardecer compensaban la caminata hasta allí. Así que nos quedamos por el centro dando un paseo por los barrios de Cuba y Courtenay hasta la hora de la cena, en la que optamos por volver al puerto para cenar en uno de los muchos restaurantes que había por allí, dando así por concluida nuestra escala en la ciudad.

martes, 28 de octubre de 2008

TONGARIRO Y TAUPO

El Parque Nacional Tongariro esta formado por tres volcanes, uno de ellos activo, y en la zona se pueden hacer varios trekkings considerados entre los mejores que se pueden hacer en Nueva Zelanda. Uno de ellos, el Tongariro crossing, se considera el mejor trekking de un día que se puede hacer en este país y nuestra intención era dedicar un día a ello. Para ello nos desplazamos hasta el pueblo de National Park donde nos hospedamos en el Tongariro Crossing Lodge, un alojamiento tipo casa rural con diferentes tipos de habitaciones disponibles muy acogedoras y  atendido por una amabilísima familia neozelandesa que se desvivió por atendernos y responder a todas nuestras consultas. 

Personalmente este trekking era una de las cosas que mas me apetecía de todo el viaje pero... el caso es que cuando llegamos allí nos informaron de que no había condiciones para ello porque en los cráteres que había que atravesar a lo largo de la caminata (a unos 1800 metros de altitud), había unos dos metros de nieve además de hielo en diferentes tramos, lo que convertía la caminata en algo muy peligroso sin el equipo y, sobretodo, la preparación necesaria. De hecho no permitían contratar guias de montana (tampoco era nuestra intención hacerlo en esas condiciones) para hacerlo; si alguien se aventuraba a ello era por su cuenta y riesgo.

Conclusión, nos quedamos compuestos y sin trekking y, personalmente, con un chasco de los que hacen historia. Nos dijeron que la semana anterior lo había estado haciendo mucha gente pero nosotros no tuvimos esa suerte. Así que optamos por coger el coche y subir a echar un vistazo a la estación de esquí de Mount Ruapehu (para los adictos a las películas del Señor de los anillos, es donde se rodaron los escenarios de Mordor), por si se terciaba alquilar unos esquíes y pasar el rato. No teníamos muchas mas opciones, la verdad. El caso es que arriba, aparte de bastante niebla, había bastante ventisca y aunque había un par de remontes abiertos al final no nos animamos, por lo que después de pasar un rato en la estación tomando algo caliente optamos por bajar al pueblo de nuevo y tomarnos el día como de descanso. No nos venia tampoco mal pero no era lo que queríamos hacer ese día así que la sensación final es la del chasco que me llevé. Por otra parte no teníamos opción de dejarlo para otro momento porque teníamos el tiempo justo y, además, se preveía que las condiciones de la ruta se mantuviesen e, incluso, empeorasen durante los siguientes días. En el centro de información del parque había gente que tenia previsto hacer la otra ruta que hay y que lleva cuatro días. Ignoro lo que harían ellos pero si nosotros estábamos disgustados, ellos ni os cuento.

Al final, como digo, pasamos el día descansando y, al menos yo, haciendo planes para el resto del viaje. Por mi parte tomé un par de decisiones. la primera, que no iba a tener mas remedio que volver a Nueva Zelanda (eso si, mas avanzadas las estaciones cálidas) para poder hacer al menos los dos trekkings que en este viaje quería haber hecho y que me he quedado con las ganas: el de Tongariro y el Milford Track, en la isla sur (cuatro días); y la segunda decisión implicaba modificar ligeramente el itinerario previsto para el final del viaje e incluir una nueva escala a modo de desquite, que consistía en tomar un avión desde Sydney e ir hasta Uluru a hacer una noche. Esto no estaba previsto pero en vista del fiasco decidí darme un pequeño homenaje a modo de compensación.

Al día siguiente continuamos viaje hacia el lago Taupo, el mas grande de Nueva Zelanda, donde íbamos a pasar un día antes de llegar a Wellington. En los alrededores hay también varios parques termales pues está en la misma zona volcánica en la que hemos estado en los últimos días. Ahora bien, como ya habíamos visitado varios cuando estuvimos en Rotorua decidimos prescindir de ellos y conocer otros lugares. así que nos fuimos a ver las Huka falls, en las afueras de la ciudad.
 
Una vez que conoces lugares como las cataratas de Iguazú, entre Argentina y Brasil, o las Victoria, entre Zimbabwe y Zambia, a priori parece que no tendrían nada de espectacular las Huka, con una altura de unos diez metros. Sin embargo lo son, porque el caudal que arrojan es de media unos 220.000 litros por segundo, lo que es un disparate de agua. Al lago Taupo le llega gran cantidad de agua al día de todos los ríos y torrentes que descargan en él y el unico desagüe que tiene es un estrecho río en el que están las Huka falls, así que el pequeño desnivel que hay y que pasaría desapercibido en cualquier otro lugar del mundo o, incluso, del país da como resultado una cascada espectacular por la inmensa fuerza del agua que cae por ellas.

Apenas unos kilómetros mas abajo de las Huka hay un embalse perteneciente a una central que tienen que abrir todos los días porque si no se desbordaría. Y como eso lo hacen siempre a la misma hora, concretamente a las dos del mediodía, nos fuimos a ver como un pequeño riachuelo en un desfiladero situado mas abajo de la central se convertía en cuestión de minutos en un río caudalosísimo y mas que adecuado para hacer rafting. Realmente es un espectáculo curioso. Por la tarde yo me dediqué a cerrar todo lo referente a mi escapada a Uluru, mientras el resto fueron a hacer un salto en paracaídas. Taupo está considerada como la capital mundial del salto en paracaídas, así que una de las actividades estrella de la zona es tirarse desde un avión (siempre amarrado a un saltador profesional, que quede claro). A mi no me atraía la idea porque preferiría hacer un cursillo completo y acabar saltando sólo, pero a estos les apetecía así que se fueron a la tarde (cuando mejoró el tiempo, pues a la mañana había llovido a ratos) a hacerlo. La verdad es que volvieron encantados.

Al día siguiente teníamos que madrugar para coger un vuelo rumbo a Wellington, así que optamos por cenar pronto (en un restaurante italiano bastante mediocre, por cierto) y retirarnos al hotel a descansar.